
Me sonrió cuando vio que estaba abierto porque la ocasión anterior que habíamos ido a que ella probara los pancakes y la bebida de fresa que habían hecho famoso a ese café, nos encontramos con un pequeño letrero que decía que no abrían los lunes.
A diferencia de la primera vez, cuando yo había ido con alguien más, el lugar estaba prácticamente vacío. Entre todas las mesas, ella eligió una para dos personas en el segundo nivel pero resultó demasiado pequeña para poder jugar uno de los juegos de mesa que nos ofrecieron en lo que preparaban nuestros platillos.
No logramos entender las reglas del juego o quizá no era tan divertido. Intentamos jugarlo un par de veces pero terminamos guardándolo en el momento en el que llegó nuestra comida.
Cuando le dio el primer sorbo a su bebida de fresa, me dijo que le gustó mucho el vaso y el popote de vidrio en el que se la llevaron pero que no era tan rica como la había imaginado, que era demasiado dulce.
Empezamos a comer en silencio porque teníamos mucha hambre. A la mesa de al lado llegó una familia y pidieron tanto que pensamos que faltaban un par de personas por llegar pero no fue así.
Cuando salimos, ella me dijo que le había gustado ir pero que no pensaba que deberíamos regresar, que algunos deseos era mejor no intentar hacerlos realidad.