Pienso en unas escaleras dentro de un palacio convertido en escuela, en la luz de aquella tarde de primavera y en todo lo que tuvo que pasar para estar ahí. ese día, con una cámara en la mano viéndola cansada y aburrida después de un viaje demasiado largo.
Me sonrió cuando vio que estaba abierto porque la ocasión anterior que habíamos ido a que ella probara los pancakes y la bebida de fresa que habían hecho famoso a ese café, nos encontramos con un pequeño letrero que decía que no abrían los lunes.
A diferencia de la primera vez, cuando yo había ido con alguien más, el lugar estaba prácticamente vacío. Entre todas las mesas, ella eligió una para dos personas en el segundo nivel pero resultó demasiado pequeña para poder jugar uno de los juegos de mesa que nos ofrecieron en lo que preparaban nuestros platillos.
No logramos entender las reglas del juego o quizá no era tan divertido. Intentamos jugarlo un par de veces pero terminamos guardándolo en el momento en el que llegó nuestra comida.
Cuando le dio el primer sorbo a su bebida de fresa, me dijo que le gustó mucho el vaso y el popote de vidrio en el que se la llevaron pero que no era tan rica como la había imaginado, que era demasiado dulce.
Empezamos a comer en silencio porque teníamos mucha hambre. A la mesa de al lado llegó una familia y pidieron tanto que pensamos que faltaban un par de personas por llegar pero no fue así.
Cuando salimos, ella me dijo que le había gustado ir pero que no pensaba que deberíamos regresar, que algunos deseos era mejor no intentar hacerlos realidad.
“Hacer una película al estilo dogma sobre la relación de dos personas de más de 50 que acaban de conocerse y que apuestan por vivir juntos con la crisis económica mundial de trasfondo y la falta de oportunidades laborales y de vivienda en la CDMX”
Escribí esto, lo puse en un AI, le pedí que lo convirtiera en un pitch y me hizo algunas preguntas.
¿Quieres que lo afine para enviarlo a un fondo o convocatoria
¿Quieres que también te ayude con la sinopsis larga, perfil de personajes, o intención del director/a para el dossier?
¿Quieres que incorpore elementos biográficos tuyos o que lo adapte a tu estilo personal si tú fueras el/la director(a)?
¿Te gustaría que desarrolle también el perfil de los personajes o el tono visual y sonoro del proyecto?
¿Te gustaría también que preparemos una sinopsis larga o una carta de motivación para el fondo?
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Claro, aquí tienes una sinopsis larga para La Última Renta, pensada para un dossier de fondo cinematográfico. Tiene un tono narrativo, humano y sobrio, en sintonía con el estilo Dogma y la carga emocional del proyecto:
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Sinopsis larga
En la Ciudad de México, donde el costo de vivir ha dejado de ser proporcional al derecho de hacerlo, La Última Renta narra el encuentro entre dos vidas que parecían no tener ya margen de sorpresa.
Lucía, de 56 años, es una exmaestra de secundaria que ha pasado los últimos meses cuidando a su madre enferma. Cuando la madre muere, Lucía hereda poco más que deudas y una orden de desalojo. De la noche a la mañana, se encuentra sin casa, sin empleo y con un currículum que nadie parece querer leer.
Andrés, de 61, es un fotógrafo freelance que lleva años sobreviviendo con encargos esporádicos y talleres mal pagados. Conserva, como un acto de fe, la Leica que le regaló su abuelo: un objeto que guarda más recuerdos que valor práctico, pero que aún lo impulsa a mirar el mundo con cierta dignidad.
Ambos se conocen por accidente en una fila para ver un cuarto en renta. Descubren que ninguno puede pagarlo solo, y tras una conversación incómoda, terminan acordando vivir juntos. Lo que empieza como una decisión pragmática, cargada de silencios y tensiones, se convierte poco a poco en una convivencia extraña y sincera: dos desconocidos que aprenden a compartir café, gastos, historias truncadas y espacios reducidos.
A través de gestos cotidianos —una cena improvisada, un gesto de cuidado, una discusión por la falta de agua— La Última Renta traza el mapa de una relación que desafía la idea de que después de cierta edad ya no hay nada nuevo por vivir.
Con el trasfondo de una crisis económica mundial, desempleo creciente y la brutal falta de vivienda digna en la ciudad, la película no ofrece soluciones, sino una mirada íntima sobre la resiliencia, la necesidad de compañía y la posibilidad —por mínima que sea— de empezar de nuevo cuando todo parece perdido.
Hoy estamos exactamente a 975 días de mi cumpleaños número 50.
Al buscar un nombre para este blog intenté encontrar una manera de relacionarlo conmigo y pensé que el año de mi nacimiento junto con el concepto de una libreta podrían representar algo del contenido que pensaba escribir. Después el contenido fue cambiando hasta ser lo que ahora es pero el nombre se quedó.
Hoy, una casualidad numérica salida de una idea para usar un filtro de TikTok me hizo preguntar cuantos días faltaban para mi cumpleaños y la respuesta fue 975.
De alguna manera pareció que el blog, mis próximos 50, TikTok y una cuenta regresiva coincidieron para recuperar a dos viejas amistades, alguien a quien conocí en primaria y alguien a quien conocí m secundaria, ambas con la misma preocupación por nuestro próximo cincuentenario.
Aquellos que se quedaron atrás, que optaron por seguir los ideales de la causa, que decidieron ser más éticos, menos dispuestos a hablar de triunfos que no fueron suyos, más responsables de lo que hizo una diferencia positiva para los demás.
Aquellos que lucharon cada una de las batallas, que se enfrentaron a los enemigos, que blandieron sus espadas y fueron heridos en combate una y otra vez sin nunca ceder y nunca renunciar.
Aquellos que vistieron los uniformes de soldado y los usaron hasta que quedaron hecho jirones en las refriegas mientras quienes usaban los de gala bailaban en fiestas de celebración por el hecho de seguir vivos y continuar teniendo las manos limpias.
Aquellos que escucharon que otros tomaban las decisiones difíciles a pesar de que fueran ellos los afectados por esas decisiones.
Aquellos que hoy se preguntan si habrían hecho las cosas de otra manera y se responden a sí mismos que volverían a hacerlo de la misma manera, quizá solamente disfrutando más el hecho de irse poco a poco quedando atrás, en los campos de batalla.
Quiet: The power of introverts in a world that can’t stop talking.
Habla de más, sube la voz cuando alguien sugiere que puede estar equivocado. Da su opinión como si el conocimiento adquirido en una revista fuera suficiente como para haberse convertido en un experto. Se ríe estruendosamente si alguien le demuestra que hay algún error en su lógica o algo que desconoce. Su educación tiene demasiadas carencias, su perspectiva es limitada porque solamente alcanza a ver aquello que tiene en frente y porque no acepta que haya alguien que sepa más que él, no es la persona más inteligente.
Una vez que ha tomado una decisión no hay forma de convencerla de lo contrario. No importa de qué manera se intente demostrarle que las cosas se pueden hacer de otra manera, ella mantendrá su punto de vista literalmente hasta el cansacio, hasta que no haya más que darle razón después de haber intentado que ceda aunque sea en algún punto para que parezca que se llegó a un acuerdo.
Y ambos, en una entrevista, lograrán mostrar estas características como virtudes, dándole la vuelta al narcisismo y la necedad para venderse como personas extrovertidas capaces de dar los mejores resultados con base en su personalidad de «ganadores».
En un mundo en el que a las personas introvertidas les resulta complicado hablar más fuerte y mostrar sus logros como si la vida fuera una competencia, este libro de Susan Cain es una lectura para reflexionar algunos puntos. Para algunas personas será una manera de concerse mejor y actuar de una manera diferente para alcanzar sus objetivos y quizá para otras sirva de manual para entender que hay diferentes formas de procesar la información y de llegar a las metas y que elegir a una persona extrovertida por el simple hecho de poder hablar más de sus logros termina siendo un prejuicio negativo al igual que muchos otros.
Debemos de hacer ajustes para que sea más importante lo que se hace que la manera en la que se vende o se habla de lo que se hace.
We live with a value system that I call the Extrovert Ideal—the omnipresent belief that the ideal self is gregarious, alpha, and comfortable in the spotlight. The archetypal extrovert prefers action to contemplation, risk-taking to heed-taking, certainty to doubt. He favors quick decisions, even at the risk of being wrong. (p.4)
“Our action plan hinged on what the most vocal people suggested,” recalls the classmate. “When the less vocal people put out ideas, those ideas were discarded. The ideas that were rejected would have kept us alive and out of trouble, but they were dismissed because of the conviction with which the more vocal people suggested their ideas. Afterwards they played us back the videotape, and it was so embarrassing.” (p.50)
“I worry that there are people who are put in positions of authority because they’re good talkers, but they don’t have good ideas,” he said. “It’s so easy to confuse schmoozing ability with talent. Someone seems like a good presenter, easy to get along with, and those traits are rewarded. Well, why is that? They’re valuable traits, but we put too much of a premium on presenting and not enough on substance and critical thinking.” (p.52)
And it’s the kids we might call the most sensitive, the most high-reactive, the ones who are likely to be introverts who feel the guiltiest. Being unusually sensitive to all experience, both positive and negative, they seem to feel both the sorrow of the woman whose toy is broken and the anxiety of having done something bad. (p.140)
A reward-sensitive person is highly motivated to seek rewards—from a promotion to a lottery jackpot to an enjoyable evening out with friends. Reward sensitivity motivates us to pursue goals like sex and money, social status and influence. It prompts us to climb ladders and reach for faraway branches in order to gather life’s choicest fruits. (p.157)