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Quiet: The power of introverts in a world that can’t stop talking | Susan Cain

Quiet: The power of introverts in a world that can’t stop talking.

Habla de más, sube la voz cuando alguien sugiere que puede estar equivocado. Da su opinión como si el conocimiento adquirido en una revista fuera suficiente como para haberse convertido en un experto. Se ríe estruendosamente si alguien le demuestra que hay algún error en su lógica o algo que desconoce. Su educación tiene demasiadas carencias, su perspectiva es limitada porque solamente alcanza a ver aquello que tiene en frente y porque no acepta que haya alguien que sepa más que él, no es la persona más inteligente.

Una vez que ha tomado una decisión no hay forma de convencerla de lo contrario. No importa de qué manera se intente demostrarle que las cosas se pueden hacer de otra manera, ella mantendrá su punto de vista literalmente hasta el cansacio, hasta que no haya más que darle razón después de haber intentado que ceda aunque sea en algún punto para que parezca que se llegó a un acuerdo.

Y ambos, en una entrevista, lograrán mostrar estas características como virtudes, dándole la vuelta al narcisismo y la necedad para venderse como personas extrovertidas capaces de dar los mejores resultados con base en su personalidad de “ganadores”.

En un mundo en el que a las personas introvertidas les resulta complicado hablar más fuerte y mostrar sus logros como si la vida fuera una competencia, este libro de Susan Cain es una lectura para reflexionar algunos puntos. Para algunas personas será una manera de concerse mejor y actuar de una manera diferente para alcanzar sus objetivos y quizá para otras sirva de manual para entender que hay diferentes formas de procesar la información y de llegar a las metas y que elegir a una persona extrovertida por el simple hecho de poder hablar más de sus logros termina siendo un prejuicio negativo al igual que muchos otros.

Debemos de hacer ajustes para que sea más importante lo que se hace que la manera en la que se vende o se habla de lo que se hace.

Menos charla y más acción.

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We live with a value system that I call the Extrovert Ideal—the omnipresent belief that the ideal self is gregarious, alpha, and comfortable in the spotlight. The archetypal extrovert prefers action to contemplation, risk-taking to heed-taking, certainty to doubt. He favors quick decisions, even at the risk of being wrong. (p.4)

“Our action plan hinged on what the most vocal people suggested,” recalls the classmate. “When the less vocal people put out ideas, those ideas were discarded. The ideas that were rejected would have kept us alive and out of trouble, but they were dismissed because of the conviction with which the more vocal people suggested their ideas. Afterwards they played us back the videotape, and it was so embarrassing.” (p.50)

“I worry that there are people who are put in positions of authority because they’re good talkers, but they don’t have good ideas,” he said. “It’s so easy to confuse schmoozing ability with talent. Someone seems like a good presenter, easy to get along with, and those traits are rewarded. Well, why is that? They’re valuable traits, but we put too much of a premium on presenting and not enough on substance and critical thinking.” (p.52)

And it’s the kids we might call the most sensitive, the most high-reactive, the ones who are likely to be introverts who feel the guiltiest. Being unusually sensitive to all experience, both positive and negative, they seem to feel both the sorrow of the woman whose toy is broken and the anxiety of having done something bad. (p.140)

A reward-sensitive person is highly motivated to seek rewards—from a promotion to a lottery jackpot to an enjoyable evening out with friends. Reward sensitivity motivates us to pursue goals like sex and money, social status and influence. It prompts us to climb ladders and reach for faraway branches in order to gather life’s choicest fruits. (p.157)

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